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Cuando el corazón de Asier nos enseñó a ser fuertes

Hace un año se nos paró el mundo.

 

Asier tenía solo 8 años cuando llegó uno de los momentos más duros de nuestra vida: su operación de corazón. Aunque ya sabíamos desde antes que había un problema, nada te prepara realmente para escuchar que tu hijo necesita pasar por una cirugía tan grande. El miedo, la incertidumbre y la esperanza se mezclaban en cada pensamiento, pero lo único que teníamos claro era que teníamos que ser fuertes por él.

 

En una de las revisiones rutinarias de cardiología en el Hospital 12 de Octubre nos dieron la noticia que nunca quieres escuchar: Asier necesitaba una operación urgente de la válvula mitral.

 

Hasta ese instante, aunque sabíamos que su corazón requería un seguimiento especial, siempre confiábamos en que las revisiones serían tranquilizadoras. Pero aquel día todo cambió. Elena, la cardióloga de Asier, con la serenidad que le daba la experiencia, nos explicó que la intervención era necesaria para evitar que el problema empeorara. A pesar de sus palabras tranquilizadoras, sentimos cómo el suelo se movía bajo nuestros pies. El miedo apareció con una fuerza enorme. Por mucho que intentáramos mantener la calma, por dentro la angustia no dejaba de crecer. Había tantas preguntas, tantas dudas… y, sobre todo, el dolor de pensar en nuestro hijo entrando en un quirófano.

 

Durante un tiempo decidimos guardar silencio delante de él. No queríamos cargarle con una preocupación tan grande demasiado pronto. Así que, hasta que faltó apenas un mes para la intervención, Asier vivió con la misma alegría de siempre, ajeno a lo que estaba por venir.

 

Cuando apenas faltaban dos semanas para la operación, nos llamaron para una reunión muy completa en el hospital. Junto con nuestra cardióloga, allí nos esperaban el cirujano cardíaco, el anestesista y también los cirujanos plásticos, porque además de la válvula mitral aprovecharían para corregirle el pectus excavatum. Escuchar cada explicación fue como asomarse a un mundo desconocido: términos médicos, riesgos, pasos de la intervención… Tratábamos de atender a todo, de comprender cada detalle, pero la verdad es que por dentro seguíamos dominados por el miedo. Aun así, aquella cita nos ayudó a entender mejor lo que le iban a hacer a Asier y a sentir que, al menos, estaba en manos de un gran equipo.

 

Llegó el momento de contarle a Asier lo que iba a suceder. Fue una de esas conversaciones que como padres nunca imaginas tener con un niño tan pequeño. Con palabras sencillas le explicamos que su corazón estaba malito y que los médicos tenían que ayudarle a curarse para que pudiera estar mejor. Con lo pequeño que era, no aguantaba más de un minuto andando.

 

Lo entendió muy bien, con una serenidad que nos sorprendió. Claro que, al fin y al cabo, era un niño de 8 años, y su inocencia le protegía de comprender del todo la magnitud de lo que iba a pasar.

 

Llegó el día del ingreso. Mientras nosotros llevábamos los nervios a flor de piel, Asier se mostraba tranquilo, aferrado a sus inseparables compañeros: su Mickey y su loro de peluche. Ellos fueron su refugio, su consuelo y su alegría durante los 34 largos días que pasamos en el hospital. Verle entrar con esa calma, con sus muñecos en brazos, nos llenaba de orgullo y también de una mezcla de alivio y dolor: alivio por su fortaleza y dolor por lo que sabíamos que tendría que afrontar.

 

Aquel día amaneció demasiado pronto. A las 7 de la mañana ya estábamos despiertos, con el corazón encogido. A las 8 en punto vinieron a buscar a Asier para llevarlo a quirófano. Aún hoy, al recordarlo, sentimos grabado ese momento: el beso apretado, el abrazo fuerte y su “te quiero” antes de que las puertas se cerraran tras él. Un instante tan breve y tan infinito al mismo tiempo, que se convirtió en uno de los recuerdos más intensos de nuestra vida.

 

La operación duró seis horas. Cada minuto pesaba como una losa y la espera parecía no tener fin. Cuando por fin salió el cirujano, volvimos a respirar: la operación de la válvula había salido muy bien. Nos pidió que fuéramos a comer y nos dijo que sobre las cinco de la tarde ya podríamos verlo en la UCI.

 

A la hora indicada subimos con el corazón encogido. Y entonces la realidad nos golpeó con fuerza: nuestro hijo estaba rodeado de tubos, enfermeros, médicos y máquinas que no dejaban de sonar. Fue un impacto durísimo, una imagen que se quedó grabada para siempre. Aun así, nos marchamos sobre las siete de la tarde con cierta calma.

 

Nos acostamos temprano, agotados pero relativamente tranquilos. Sin embargo, a las once de la noche sonó el teléfono: nuestro hijo había sufrido una disección de aorta y había entrado en parada cardiorrespiratoria.

 

En ese instante nuestro mundo se detuvo por completo. El suelo desapareció bajo nuestros pies y solo quedó un vacío inmenso, una mezcla de incredulidad y terror imposible de describir con palabras.

 

El cirujano Enrique García tuvo que intervenir de urgencia en la misma sala de UCI. Fueron horas interminables de una angustia indescriptible. Y entonces, cuando parecía que todo pendía de un hilo, salió y nos dio la noticia: había conseguido salvarle. Estaba estable.

 

Para nosotros, en ese instante, Enrique no solo era el cirujano. Fue un héroe, un ángel, la persona que nos devolvió lo más valioso.

 

Pero la batalla no había terminado. Al día siguiente volvió a quirófano: había que cambiarle la aorta por una prótesis. Otra vez las puertas se cerraron y otra vez comenzó la cuenta atrás. Cinco horas de miedo, incertidumbre y lágrimas contenidas.

 

Cuando por fin salió Enrique nos dijo que todo había ido bien: le habían colocado una prótesis en la aorta y una válvula mitral mecánica. Además, le conectaron una ECMO para que su pequeño corazón pudiera descansar y recuperarse, ya que tras la parada —que había durado 23 interminables minutos— había quedado demasiado débil.

 

A partir de ahí los días se volvieron muy complicados.

 

Al quinto día con la ECMO comenzaron los sangrados. Una pequeña fisura en la sutura de la válvula de la prótesis aórtica, unida a la anticoagulación y al propio efecto de la ECMO —que licuaba más la sangre— provocaba hemorragias constantes que nos tenían en vilo.

 

El miedo volvió a hacerse dueño de todo cuando, al día siguiente, los médicos decidieron que tenía que volver a quirófano. La prioridad era asegurar la fisura, pero también tomaron una decisión aún más difícil: retirarle la ECMO para comprobar cómo reaccionaba su corazón.

 

Otra vez nos tocaba esperar tras esas puertas cerradas, esperando que el corazón de nuestro hijo latiera por sí mismo.

 

Fueron tres horas interminables. El tiempo se estiraba y cada segundo dolía. Hasta que, por fin, nos confirmaron que había salido adelante. El corazón, aunque débil, seguía luchando… y nosotros con él.

 

Después de tantos días con la ECMO, el día que se la quitaron fue como volver a respirar.

Casi sin darnos tiempo a asimilar nada, volvió otra vez a quirófano dos días después para la operación de pectus. Esa sensación de que te arrancan el corazón cada vez que se lo llevan… eso no se olvida.

 

Pero esta vez, tras cuatro horas de operación, salieron Jesús y Lola, los cirujanos, con semblante tranquilo y satisfechos de cómo había salido todo. Solo con eso se nos aflojaron las piernas. Nos dijeron que había ido bien, que le habían colocado dos barras y por fin le habían cerrado el pecho.

 

Y ahí te derrumbas un poco, porque llevas tantos días guardándote todo para no romperte que cualquier buena noticia te deshace por dentro.

 

A los tres días por fin le quitaron el tubo de la boca. Qué alivio. Echábamos tanto de menos su voz… Solo queríamos escucharle decir algo, aunque fuera un susurro.

 

Justo cuando parecía que empezábamos a ver algo de calma, llegó el susto del neumotórax. Le quitaron los drenajes y al poco empezó a quejarse, pero no era un quejido normal. Se tocaba el pecho, no podía coger aire, se ponía nervioso… y tú lo ves y sabes que algo no va bien.

 

Lo revisaron rápidamente y vieron la bolsa de aire y el líquido: tenía un neumotórax bilateral. Le recolocaron un par de drenajes y, en cuanto se los pusieron, se le notó el alivio. Fue casi inmediato. Poder verle respirar mejor fue como quitarnos un peso enorme de encima.

 

A partir de ahí, por suerte, todo empezó a ir más despacio, pero hacia adelante. Sin grandes sustos. Le fueron bajando la medicación poco a poco, vigilándolo todo.

 

La recuperación, después de tantos días largos y duros, fue sorprendentemente rápida.

 

Y ahí sí que no hay palabras suficientes para agradecer al personal de la UCI: enfermeros, auxiliares, pediatras… todos. Estaban pendientes de él y de nosotros a cada segundo, como si Asier también fuera un poco suyo. Esa dedicación es algo que no se olvida nunca.

 

En medio de todo aquello también sentimos muchísimo el cariño de fuera. Aunque estuviéramos metidos en la UCI, aislados del mundo, hubo gente que no nos soltó ni un segundo.

 

Los socios de SIMA… el vídeo que mandaron, ese apoyo, esas palabras llegaron justo cuando más falta nos hacían. Saber que estaban pendientes, que preguntaban por Asier, que se unían a nosotros desde la distancia, nos dio una fuerza que no os podéis imaginar.

 

Y el colegio… su profesora, sus compañeros… ese vídeo tan bonito que grabaron para él. Ver a los niños mandándole ánimo y cariño nos tocó el alma. Cada mensaje era como un empujón más para seguir adelante.

 

Y, por supuesto, nuestra familia. Aunque estuvieran lejos físicamente, estuvieron con nosotros cada segundo. Llamadas, mensajes, preocupación constante… aunque no pudieran estar allí en persona, sentíamos su presencia en todo momento. Esa sensación de tener un sostén detrás, que no te deja caer del todo, fue fundamental.

 

Queremos dar las gracias también de corazón a todos los profesionales que cuidaron de Asier: Enrique, Elena, Patricia (cardióloga de Pamplona), los anestesistas, Lola y Jesús, y a todo el personal de la UCI, incluyendo enfermeros, auxiliares y personal de limpieza. Gracias por vuestra entrega, vuestra humanidad y por tratar a Asier como si fuera uno más de la familia.

 

Y no podemos olvidarnos de San Pito Pato, su youtuber favorito, que le envió un audio dándole ánimo justo cuando más lo necesitaba. Esos gestos hacen que un niño sea el más feliz del mundo incluso en los momentos más difíciles.

 

En planta todo empezó a ir más rápido de lo que imaginábamos. Asier seguía muy débil, pero aun así al día siguiente ya quiso levantarse y caminar. Lo primero que dijo fue que quería bajar a ver a sus amigos de la UCI: enfermeros, auxiliares y médicos. Había creado un vínculo tan especial con ellos…

 

Cada día era un pequeño avance. Y en solo una semana, el 23 de diciembre, pudimos marcharnos a casa. Volver justo antes de Navidad fue un regalo que nunca olvidaremos.

 

Después de todo lo vivido solo nos queda agradecer. A cada persona que estuvo pendiente, a todos los que enviaron un mensaje, un abrazo, una llamada o un vídeo. A los que se preocuparon y a los que nos acompañaron desde donde pudieron.

 

Pero, sobre todo… gracias a Asier.

 

Porque fue él quien nos enseñó lo que es la verdadera valentía. Él, con su cuerpecito cansado, nos dio una lección de fuerza y de vida que jamás vamos a olvidar.

 

Nos hizo más fuertes. Nos enseñó a confiar, a esperar y a valorar cada pequeño paso.

 

A veces pensamos que somos nosotros quienes cuidamos a nuestros hijos… y es verdad. Pero en momentos así también te das cuenta de que ellos, sin querer, también te enseñan a ti.

 

Y Asier lo hizo.

 

Cuando el corazón de Asier nos enseñó a ser fuertes, comprendimos lo frágil que puede ser la vida… y lo pequeñas que son muchas veces nuestras preocupaciones del día a día.

 

 

JUANTXO, YOLANDA Y ASIER